Serendipia

des(armarse)

Armarse de balas. Disparos de palabras. Desarmarse de valor. No decir nada. Lapidar las balas. Comerse las balas.
Comerse las palabras.

Anuncios
Estándar
El Pasado está bien donde está

he soñado con mis 21

he soñado que volvía al pueblo, que veía verde, que tenía el pelo suelto, medio rubio, medio castaño, medio de mil colores. He soñado que me gustaba un chico, he soñado que a él no le gustaba yo. He soñado que escuchaba el canto del loco y bebía ron cola. He soñado que lloraba en el cuarto del baño de la discoteca porque me gustaba un chico pero a ese chico no le gustaba yo. He soñado que me miraba en el espejo de aquel antro, que me ponía el pelo detrás de las orejas, que me lo soltaba, que me hacía una coleta. He soñado que me pintaba los labios y luego me los limpiaba con fuerza hasta hacerme daño. He soñado que me preguntaba por qué si un chico te gusta mucho, y lo quieres mucho, y le das mucho, todo eso no sirve. He soñado que tenía mariposas en la garganta y palabras en el estómago. He soñado que la indiferencia es soportable, he soñado que las migajas de cariño no.

He soñado que volvía al pueblo, que veía verde, que tenía el pelo suelto, que me gustaba un chico. He soñado que al sueño le preguntaba muchas cosas  y he soñado que el sueño no me devolvía ninguna puta respuesta.

 

Estándar
atardecer
Pedacitos

187 días y 14 horas

(Me dejé en la mesita de noche un par de alas
y a la mañana siguiente
volví a volar)

El Trentatrés estaba lleno de revistas e inundado de libros de arte con olor a café y zumo de naranja. Me gustaba ese rincón de Valencia porque olía a sol y a invierno, y a mi me gusta el olor a invierno. Me quedé observando a dos chicos que hablaban sobre la edición de un vídeo. La mesa estaba revuelta. Un Mac, servilletas arrugadas, papeles llenos de letras y los restos de lo que parecía ser un desayuno de domingo.

—El texto, tío. Fijate en el texto. Una vez conocí a una chica que me contó algo sobre la forma de contar historias. Ana, ¿te acuerdas de ella? Ella decía que da igual lo que sientas cuando te follas a alguien, que lo importante es hacer como si le quisieras en ese momento. En esto pasa lo mismo. Tenemos que follárnoslos a todos. Que cuando vean esto sientan que nunca existió sexo igual. Llegar hasta ellos, clavársela hasta el fondo y que luego encima piensen que les queremos. Y joder tío, les queremos. Claro que les queremos, pero aquí no venimos a hacer el amor. Venimos a follar con todos. Aunque yo siempre he sido de hacer el amor. Blando, que soy un puto blando. Mira con Laura. Bah, pero aquí venimos a follar. Aquí sí. Busca un tema, ¡rápido! Que se me vaya su nombre de la cabeza. Corre, tío. Joder.

El otro chico sonreía y asentía en el discurso de su amigo mientras escribía en una libreta azul. Por la forma en la que torcía el labio me pareció que esa historia se la sabía de memoria. Al final, los hombres no son tan distintos de las mujeres. Alguien llega de repente, les parte en dos los esquemas  y se firma un acuerdo de quiebra emocional que los deja temblando. Sonreí yo también al ver la debilidad de alguien sentada en la mesa de enfrente mientras trabajaba en algo que le hacía arder de pasión.

La situación era jodidamente sexy.

—Hola, perdona. ¿Vas a tomar algo?

Me despistó el chico de la barra. Cantaba un inglés perfecto mientras movía con ritmo la cabeza dejando vasos sobre la estantería. Una chica a mi lado leía en voz alta un artículo de Principe Marsupia (creo) y ‘I Know’ de Tom Odell retumbaba con fuerza en todos los altavoces del Trentatrés.

No recuerdo si sonreí por fuera; por dentro desde luego tuve la sensación de reír a carcajadas. Pedí mi café con leche y me senté en la terraza. La gente a mi alrededor hablaba animada. La gente vivía y se reía. 187 días y 14 horas desde aquella conversación.

Respiré, aliviada. Tardaría en volver a enamorarme de las personas pero sentí fuerte que podía volver a enamorarme de la vida. No sé muy bien cómo pasó. 187 días y 14 horas desde aquella conversación. Me lié un cigarro, sorbí un trago de café y miré hacia arriba. El sol hizo que me escocieran los ojos y resbaló una lágrima que no contenía emoción alguna. Salvo la de sentir , eso sí, que estaba volviendo a vivir.

11:37. Café del Trentatrés. 
Parte Médico: La dieron por viva. 

Estándar
Uncategorized

Diego.

Diego decía que las camas se maldicen por el número de veces que lloras en ellas. Así es como van acumulando lágrimas, historias y personas que duelen. Te apoyas sobre la almohada, y lloras. Y el agua de las lágrimas, que generalmente quedan tatuadas en la sábana, traspasan las fibras hasta llegar al colchón y van sumando las penas hasta que el olor a triste en la habitación se hace insoportable.

Claro que Diego siempre tenía muchas historias que contar. Algunas las leía y otras se las inventaba. Lo que sí era cierto es que la forma en la que miraba las habitaciones siempre adquiría una visión particular, sobre todo cuando hablaba de las partículas de polvo impregnadas en historias que formaban los metros cuadrados de los lugares donde dormía la gente. Yo a veces no entendía absolutamente nada, pero me gustaba escucharle.

Una vez, tumbados en el sofá de aquel viejo país de lavapiés, le pregunté qué podía hacer para no llorar más. —Dale la vuelta al colchón, me dijo. Y luego sacó la guitarra para cantar un trocito de una canción de Soda Stereo que ya no recuerdo.

Estándar