Serendipia

La diferencia a partes desiguales

Siempre creeré que los que aseguran ser diferentes son los que al final resultan siendo iguales. Las personas que lo son no hablan en voz alta, es algo que se huele, se palpa, está en el ambiente y se pasea por tu lado sin que te des cuenta. Los diferentes saltan alto, se suben ahí arriba y gritan. Viajan en moto, cantan en el coche, y son melómanos de BSO de vidas -propias y ajenas-.

Los diferentes lo son y punto, se reconocen y se juntan entre ellos, con picardía, con guiño, con una cordura desordenada y utópica.  Nunca, nunca se lo dicen. Pero no porque no quieran, sino porque están tan preocupados por seducir a la vida que no necesitan el reconocimiento de lo ajeno para seguir trabajando ese punto de inflexión entre lo que son y lo mejor que podrían llegar a ser.

Entre diferentes vivo, ellos lo saben pero no me lo cuentan. He ahí el único motivo. El suficiente, el que nunca estará de más.
¡Y que así sea!

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11 thoughts on “La diferencia a partes desiguales

  1. Nostromo dice:

    No puedo contestar al hilo (no me da la opción, seguramente por ser cansino) siento tener que abrir asunto nuevo…

    Al tajo: Porque valorar más lo que se hace sobre lo que se dice es precisamente minimizar el poder de la palabra, de los pensamientos, de la expresión, de las teorías expuestas, del raciocinio. Valorar más lo que se hace sobre lo que se dice no sólo es reconocer que damos por hecho que los demás no suelen decir lo que piensan (lo cual a veces es cierto), o que suelen actuar de manera distinta a lo que expresan (lo cual es también a veces cierto), es ir mucho más allá y conceder categoría de universal al engaño y a la mentira, a los secretos y a los miedos. Es llegar a tener que tocar la herida para creerse que duele o recibir el ramo de rosas para reconocer que alguien quiere. Es blindarse antes de resultar decepcionado. Es el pánico del ‘no me lo digas, demuéstramelo’.
    Puedo aceptar que todos mentimos, en menor o mayor grado, incluso que nos solemos mentir a nosotros mismos con cierta condescendencia, puedo incluso aceptar que somos seres instintivos y que podemos ser irracionales, pero no puedo no olvidar que hay una mente que mueve las manos al igual que los labios. Y prefiero pensar que quien es sincero en lo que dice será honesto en lo que haga, y viceversa, y así la ecuación entre el acto y lo dicho queda igualada. Y allá cada cual si es sincero a medias o si siempre recela de la sinceridad ajena.

    Parafraseando otra cosa interesante que he visto por internet… resulta que no ser sincero con uno mismo suele provocar actos negativos: “Lo que quieres decir y no dices se convierte en úlcera de estómago, movimientos de cangrejo, sinsabores y en sonrisas fáciles, vacías y de fachada.”. Luego sí va a resultar igual de importante la palabra que el verbo, y hasta las palabras tragadas, porque nos define, nos condiciona, refleja cómo pensamos y afecta a otras personas.
    Y en eso andamos aquí, ¿verdad? Trasmitiendo pensamientos hechos palabras, y no actos.

    • Ahá. Desde luego, si algo he admirado durante mis 28 años -y más a día de hoy que cuando era más joven- es sin duda la capacidad para cambiar de opinión con argumentos sólidos.
      Tiene sentido lo que dices. Es lógico y con una mezcla de racionalidad y emocionalidad un tanto extraña, si me lo permites. Sin embargo, aunque de acuerdo en algunos aspectos, y teniendo en cuenta que por aquí lo único que puedo expresar son palabras (ciertas o no), sigue siendo una realidad que aquello que nos determina es lo que hacemos y no lo que decimos.

      Como bien has expresado en tu respuesta (y creéme que es una maravilla leerte), lo ideal sería una perfecta simbiosis de ambas, pero (qué coj**) puestos a decidir, que la balanza de “los yo hago” se incline hasta tumbarme. Vivimos en una sociedad contaminada de consumismo y de palabrería barata. Dime que me quieres, que yo te sonrío y te devuelvo el beso, pero luego date la vuelta y hazme sufrir. ¿Es eso a lo que te refieres?
      ¿Qué sentido tiene que juguemos con las palabras y que luego no haya un hecho que lo acompañe? En los mundos virtuales es diferente, pero en la realidad prefiero mil veces el silencio y los sucesos inesperados de acontecimientos, que mil palabras disfrazadas de egoísmo que no te llevan ni la vuelta de la esquina.

      Y sigo diciéndote, un placer leerte.

      • Nostromo dice:

        No, no… me ando expresando fatal, que siempre me meto en jardines espesos por no concretar. Lo que yo defiendo es que la importancia de un acto y de una palabra están a la par, porque normalmente lo está. Y digo que normalmente lo está porque la percepción que nosotros tenemos de la sinceridad ajena es muy relativa, por ser parcial y personal, y hasta condicionada por malas experiencias vividas. Y quizá por eso defiendes, como muchas más personas, que los actos tienen más valor que lo que se lleva el viento. ¿Qué sentido tiene realizar un acto y que no haya palabras sinceras que lo acompañen? También pueden regalarte un ramo de rosas porque resulta que te están poniendo los cuernos, o recogerte por sorpresa del gimnasio porque resulta que en realidad se odia que te relaciones con otras personas, o dejarte una nota en el frigo con una maravillosa frase que varias veces antes se dejó a otras personas y por saber que siempre es un triunfo. La suspicacia, los recelos y los miedos pueden aplicarse en infinidad de casos, tanto para minimizar los hechos como las palabras. En el mundo palpable y tangible estoy convencido de que al igual que los silencios y los actos adorarás los susurros y las palabras que brotan del alma. Creer en lo que se oye, o en lo que se toca, es una cuestión de fe, de confianza, de entregarse. Y de tener presente la obviedad, a veces cruel obviedad y por eso menos imaginable, de que hasta el que más nos quiere más nos puede lastimar. Pero quien no juega no gana; es ley de vida.
        Te rebato tu ‘sigue siendo una realidad que aquello que nos determina es lo que hacemos’ con la fábula del elefante y los tres monjes con los ojos vendados. O con la manida alegoría de la caverna de Platón. No quieras sobrevalorar el conocimiento, o los actos que nos permiten creer que sabemos, sobre las sensaciones. Van indisolublemente unidas y ambas nos definen y definen lo que nos rodea.
        Y cierto, vivimos en una sociedad donde el consumo nos permite crecer, devorar, consumir, gastar, mejorar y tirar (o reciclar), con situaciones sociales que nos llevan del estado de indignado al de asqueado, defraudado y cabreado. pero seguro que tu no te lavarás el pelo con cualquier cosa y tampoco cenarás con el primero que te lo pide. No debemos creérnoslo todo, porque nadie con un mínimo de sentido crítico y de exigencia lo hace, pero llega un momento en el que sí nos decantamos por algo en concreto, y solemos hacerlo antes de tocar (salvo las mujeres comprando ropa o los hombres comprando un dvd. Perdón :p ).

        En serio. A mi me da igual si es un ‘te necesito’ con forma de anillo o de aliento, lo único que me importa es ver qué hay en los ojos. Y seguro que a vosotros también. No deseo haceros cambiar de opinión, sólo enfocar otro punto de vista para no enrocarnos y que podamos llegar a tablas.

        Por cierto… el placer de leerte es totalmente nuestro. Sigue expresando lo que llevas dentro, por favor.

  2. Todo lo que hacemos y es importante, es el resultado de un conflicto. No un conflicto entre nosotros y el mundo – un conflicto entre nosotros y nosotros mismos.

    No es una metáfora, es la química del cerebro. No tenemos una mente, tenemos intereses que compiten entre si.

    Lo que decimos no importa demasiado. Lo que importa es lo que hacemos, y resulta que tenemos mucha más influencia de lo que nos gustaría confesar.

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