atardecer
Pedacitos

187 días y 14 horas

(Me dejé en la mesita de noche un par de alas
y a la mañana siguiente
volví a volar)

El Trentatrés estaba lleno de revistas e inundado de libros de arte con olor a café y zumo de naranja. Me gustaba ese rincón de Valencia porque olía a sol y a invierno, y a mi me gusta el olor a invierno. Me quedé observando a dos chicos que hablaban sobre la edición de un vídeo. La mesa estaba revuelta. Un Mac, servilletas arrugadas, papeles llenos de letras y los restos de lo que parecía ser un desayuno de domingo.

—El texto, tío. Fijate en el texto. Una vez conocí a una chica que me contó algo sobre la forma de contar historias. Ana, ¿te acuerdas de ella? Ella decía que da igual lo que sientas cuando te follas a alguien, que lo importante es hacer como si le quisieras en ese momento. En esto pasa lo mismo. Tenemos que follárnoslos a todos. Que cuando vean esto sientan que nunca existió sexo igual. Llegar hasta ellos, clavársela hasta el fondo y que luego encima piensen que les queremos. Y joder tío, les queremos. Claro que les queremos, pero aquí no venimos a hacer el amor. Venimos a follar con todos. Aunque yo siempre he sido de hacer el amor. Blando, que soy un puto blando. Mira con Laura. Bah, pero aquí venimos a follar. Aquí sí. Busca un tema, ¡rápido! Que se me vaya su nombre de la cabeza. Corre, tío. Joder.

El otro chico sonreía y asentía en el discurso de su amigo mientras escribía en una libreta azul. Por la forma en la que torcía el labio me pareció que esa historia se la sabía de memoria. Al final, los hombres no son tan distintos de las mujeres. Alguien llega de repente, les parte en dos los esquemas  y se firma un acuerdo de quiebra emocional que los deja temblando. Sonreí yo también al ver la debilidad de alguien sentada en la mesa de enfrente mientras trabajaba en algo que le hacía arder de pasión.

La situación era jodidamente sexy.

—Hola, perdona. ¿Vas a tomar algo?

Me despistó el chico de la barra. Cantaba un inglés perfecto mientras movía con ritmo la cabeza dejando vasos sobre la estantería. Una chica a mi lado leía en voz alta un artículo de Principe Marsupia (creo) y ‘I Know’ de Tom Odell retumbaba con fuerza en todos los altavoces del Trentatrés.

No recuerdo si sonreí por fuera; por dentro desde luego tuve la sensación de reír a carcajadas. Pedí mi café con leche y me senté en la terraza. La gente a mi alrededor hablaba animada. La gente vivía y se reía. 187 días y 14 horas desde aquella conversación.

Respiré, aliviada. Tardaría en volver a enamorarme de las personas pero sentí fuerte que podía volver a enamorarme de la vida. No sé muy bien cómo pasó. 187 días y 14 horas desde aquella conversación. Me lié un cigarro, sorbí un trago de café y miré hacia arriba. El sol hizo que me escocieran los ojos y resbaló una lágrima que no contenía emoción alguna. Salvo la de sentir , eso sí, que estaba volviendo a vivir.

11:37. Café del Trentatrés. 
Parte Médico: La dieron por viva. 

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Pedacitos

¿Crees que habrá alguien en el mundo haciendo lo mismo?

— ¿Crees que es posible que haya alguien más en el mundo haciendo algo como esto en este mismo momento?
— Eso espero, si no qué diablos queremos salvar.

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Pedacitos

A mil canciones de ti

Y aquí estoy, a mil canciones de ti,
pero sigo bailando.

Escandar Algeet

Sé que últimamente no hablamos demasiado, que se nos han roto las ganas y que poco a poco nos hemos convertido en eso que llamamos ausencia. Sé también que no es que no me mires como antes, es que a ratos ni me miras, aunque me mires. Pero ya sabes que siempre he sido muy terca, que me llevo mal con los ‘qué hubiera pasado’ y que me pesan demasiado nuestros meses a las espaldas.

Y sé también que todavía no hemos decidido nada, que duermes en la parte de la cama donde se esconde un ‘y si’ y que si las cosas se rompen, por lo menos que nos quede pegamento de reserva. Ya te dije yo al principio que sería bueno esconderlo en la mesilla, que nunca se sabe detrás de qué se esconde una despedida.

―Tú y tú formas de explicar las cosas. (Y sonreíste, como hacías siempre. De eso no te faltaba.)

Así que hace tiempo que no lo hacemos (cenar con música entre risas, digo) y esta noche la luna está bonita y el cielo parece que quiere brindar segundas oportunidades.  Además mi terraza te echa de menos y las copas de balón donde nos sorteábamos los Gyn-tonics están llenas de polvo porque ya a nadie le apetece llenarlas de historias.

Y por eso, te invito a cenar.

Empezaremos comiéndonos los silencios, aunque huelan a rancio y nos cueste un poco. Nos beberemos las excusas; por besarnos menos, por echarnos de más, por dejar de buscar motivos para encontrarnos entre garitos de sábado. Pondré sobre la mesa verdades con buena pinta, de las que sirven porque saben a futuro, y haremos macedonia con las dudas que se visten de condicionales. Las cortaremos a trocitos y las repartiremos. Ya sabes, un poquito de las tuyas, un poquito de las mías y otras tantas  que tiene que ver con la tercera persona del plural y que tanto nos cuesta digerir a veces. También te serviré un tentempié de recuerdos bonitos, de los de antes, cuando no había un sí pero no rondando nuestro menú de todos los días. Y si nos quedan ganas y el estómago nos lo permite, te preparo el café de nuestras primeras citas y a la mañana siguiente nos despertamos con canciones y seguimos bailando.

Que si no quieres, no. Pero si quieres, yo te cocino los días y le añado a tus postres algo de chocolate con sabor a 30 años más juntos. Que sé que te gusta, y sé que te falta. Y sé que me faltas y que ya sabes cuánto me gustas.

* Dedicado a aquellos que quieren salvar algo pero no saben por dónde empezar a hacerlo. 

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Pedacitos, Serendipia

Hago como que te quiero, pero.

Te quiero. Te juro que te quiero.
Pero lo hago así como bajito,
sin fuerza
muy flojito.

Lo hago para que no te des cuenta
para que no se te suba demasiado
para no molestarte.

Pero quererte te quiero,
mal
pero te quiero.

Y eso debería valerte,
porque con ese poco nos estamos conformando, ¿no?

(Y otras formas de querer del S.XXI)

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