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Diego.

Diego decía que las camas se maldicen por el número de veces que lloras en ellas. Así es como van acumulando lágrimas, historias y personas que duelen. Te apoyas sobre la almohada, y lloras. Y el agua de las lágrimas, que generalmente quedan tatuadas en la sábana, traspasan las fibras hasta llegar al colchón y van sumando las penas hasta que el olor a triste en la habitación se hace insoportable.

Claro que Diego siempre tenía muchas historias que contar. Algunas las leía y otras se las inventaba. Lo que sí era cierto es que la forma en la que miraba las habitaciones siempre adquiría una visión particular, sobre todo cuando hablaba de las partículas de polvo impregnadas en historias que formaban los metros cuadrados de los lugares donde dormía la gente. Yo a veces no entendía absolutamente nada, pero me gustaba escucharle.

Una vez, tumbados en el sofá de aquel viejo país de lavapiés, le pregunté qué podía hacer para no llorar más. —Dale la vuelta al colchón, me dijo. Y luego sacó la guitarra para cantar un trocito de una canción de Soda Stereo que ya no recuerdo.

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Un hombre que

Sí, eso mismo. Un hombre. Pero no uno cualquiera, ni siquiera uno de película. Uno que no sea de cartón, ni que tenga el corazón de hojalata. Un hombre que  me lleve siempre en bandeja pero que nunca tenga en mente hacerlo.

Un hombre que cuando me mire, hasta mis pulseras se pongan rojas. Uno que cante fatal pero que me dedique canciones absurdas. Sin vergüenza, canalla, loco.

Que haga de mi despiste su rincón favorito para dormir, y que me arranque de una sentada cada noche los sinsabores de la vida.

Que no mire hacia donde yo lo hago porque está preocupado en intentar descubrir un lugar mejor al que llevarme. Y que su objetivo no sea otro que el de ¡vivir, vivir, vivir! (ya lo decía Sabines)

Quiero un hombre que vea cada día a diez mil mujeres más guapas que yo, pero que sepa que nadie tiene lo que yo tengo.

Un hombre que en los días en los que tenga mala cara me diga fea pero que luego me guiñe un ojo.

Que me deje dibujar corazones en el cristal sucio de su coche pero que luego me eche la culpa por no limpiarlos. Descubrir a los días que hay una silueta dibujada sobre el cristal del mio, y que sea una copia del que yo le hice.

Un hombre que pueda llamarme diez veces al día, porque siempre tiene algo interesante que contarme. Que juegue al escondite con mis malas caras y crea que la mejor manera de solucionar un enfado sea trayéndome helado de chocolate.

Un hombre que no me mienta, porque sabe que conmigo no tiene necesidad de hacerlo.

Que quiera vivir cinco vidas más para poder hacer todo lo que nos quedó pendiente en esta. Que quiera dormir sólo de vez en cuando, pero que se arrepienta luego de no haberme invitado. Que lleve la cuenta de los mosquitos que me pican cada noche, y que nunca se le vayan las ganas de querer convertirse en uno de ellos.

Un hombre que me ofrezca fuego para conquistarme con sus piropos de papel y que las ganas de hacerme reír las lleve siempre tatuadas en su pierna derecha.

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¡Whatsámame! (y otros derivados de las redes sociales)

Es curiosa la forma en la que las relaciones van cogiendo una ligera tonalidad marrón. Así como tirando a mierda. No me vayas a decir ahora que no te habías dado cuenta de que algo está cambiando. Que las relaciones, así en su sentido más amplio, se han convertido en un ir y venir de despojos cibernéticos en el que el doble check, el Me gusta, el Yo te Follow tú me Follow  y el “escribiendo…” resultan ser la perfecta manera de empezar y terminar con el amor de tu vida, con el siguiente, y con el que vendrá después (por si te parece insuficiente sólo el primero).
No serás el primero -ni el último, ya te lo digo yo- que ha maldito esta nueva forma de comunicación. Que aunque en principio parecía que iba a resultar más bidireccional, más cómodo, más de túatú ha terminado convirtiéndose en el camino corto para que te vuelvas loco, pero de atar.

Algo está fallando. Hay algo que no debemos estar haciendo bien. Y es que hemos perdido la emoción de las llamadas a destiempo, las notas de papel arrugadas que se pillan por sorpresa en los bolsillos, el gusanillo de recibir un mensaje y el antídoto perfecto contra la monotonía: no saber #quéhacesdondeestásconquiényporquenomehaswhastapeadoalvolveracasa.

Ahora queremos que nos quieran tan distinto, y tan distante. Y digo queremos, porque ahí seguimos pidiendo a gritos amor por whatsapp, como si la ‘última conexión’ fuera determinante para valorar en qué medida nos están queriendo y como cuánto estamos dispuestos a esperar. Nos conformamos con simbolitos verdes, rojos y azules como fórmula universal de medición del querer: ¡Es que no es como antes! ¡es que ya no me escribe! ¡es que ni siquiera contesta! ¡es que no me dedica canciones! ¡es que, es que, es que! Siempre hay un ‘esque’ dispuesto a recordarte que ámame  a través de las redes sociales es la única manera para tenerme feliz.

Por si fuera poco todo esto, cada día más se nos olvida añadirle al pastel el azúcar necesario para que ‘lo nuestro’ funcione. Que el ser humano, en general, ya no se encuentra por ningún sitio las ganas de dar sin recibir, que somos tan selectivos que nos quedaremos solos, que estamos tan pendientes de buscar la perfección del otro que ni siquiera somos capaces de aguantarnos a nosotros mismos. Que la soledad se está vendiendo demasiado barata en este país en crisis y que los detalles de algodón han dejado de encontrarse en las vidrieras de aquella vieja tienda de París.

Pero sí, sigamos así. Vendámonos un poco de amor eterno, whatsamémonos hoy y ya veremos qué pasa mañana. Dime Hola, dime Adiós, quiéreme un poquito más y mejor, pero sólo por aquí, que los medios virtuales están en auge y a mi cada vez más se me van las ganas de buscarte por cualquier otro rincón.  No vaya a ser que yo me vaya o tú te vayas. No vaya a ser que al final, por no encontrar una forma mejor,  nos vayamos los dos.

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Lo que no me interesa

No me interesan las palabras a medias,
los silencios a deshora
Lo que se quiere decir y no se dice -quién sabe por qué-

No me interesan los contratos que no se cumplen,
la estrategia sin objetivo
las permanencias que aburren
las risas que no se contagian
lo que dices que eres y no llega
Nunca.

No me interesan,
y creéme que no me interesarán nunca,
las personas que retroceden
que no van hacia adelante y que
cuando ante la incertidumbre, venden sus ganas al peor postor.

No soy yo de esa clase de personas
hechas para ver la vida desde la parte de atrás.
A mi dame palomitas -de mantequilla-
riesgo
adrenalina
y ya me encargo de enseñarte
lo que soy capaz de hacer.

Que lo que no interesa es mejor tenerlo lejos,
y que lo que interesa
esté siempre aquí.

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